2 mar. 2018


Una madre maldita
Por Sebastián Rodríguez Mora (publicado en Revista Crisis)

Luciano Lamberti
La casa de los eucaliptus
Random House Mondadori
2017
189 páginas

El autor
A los 39 años, Luciano Lamberti es un escritor cordobés con cinco libros publicados: un lejano poemario, San Francisco; una novela en Random House Mondadori, La maestra rural; tres libros de cuentos, El asesino de chanchos, El loro que podía adivinar el futuro (los dos en editorial Nudista) y el reciente La casa de los eucaliptus. Los 27 cuentos de Lamberti revelan un sistema narrativo en principio influido por Ray Bradbury, Stephen King y Horacio Quiroga; sin embargo, es posible afirmar que existe un método independiente en el cuento lambertiano. Se podría subrayar en cada uno de los cuentos de Luciano Lamberti la oración precisa en que la narración se pone rara, turbia. Oraciones, líneas, fronteras: elementos centrales en el género terror, ecosistema en el que La casa de los eucaliptus se cimienta. El lector de estos cuentos nunca abre sus ojos adentro de la distorsión de lo real sino que debe cruzar una línea -subrayar en la hoja del libro también es cruzar hacia otra forma de leer, una transgresión infantil del blanco sagrado, la mácula perversa sobre el carísimo papel argentino. Las revelaciones les ocurren a estos personajes siempre después de cruzar una vía, una tranquera, un campo arado al borde la pequeña ciudad de provincia. El cuento lambertiano obliga a cruzar para recorrer, para entender y por sobre todo para tener miedo, para leer con morbo como quien se tapa los ojos con las manos pero espía a través de los dedos.
El gancho
El libro abre con un cuento llamado “Los caminos internos”, donde un médico rural se pierde hasta encontrar su pasado sin buscarlo. Y su pasado, como suele suceder, se lo va a comer crudo. Esos caminos internos recorren el país, dice el narrador. Se comunican entre sí para llevar el terror, el misterio y la noción más vasta de lo inexplicable. Toda la obra lambertiana circula sobre la tríada de lo inexplicable, lo inentendible y lo sagrado, lo cual puede resumirse en una forma muy propia de entender la Naturaleza, lo dado, el destino. El protagonista de esta narrativa es el interior del país que vemos desde Buenos Aires como una sucesión de campo indistinto poblado por gente, animales y vegetación. En “Santa”, último cuento de La casa de los eucaliptus, leemos: “Quiero creer. Soy como ese personaje de Los expedientes secretos X (...) Quiero recuperar mi inocencia, dejar de lado la ironía y el cinismo que caracterizan a nuestra pobre época”. Un poco más adelante, dice: “Esta es la historia de mi fracaso. Del misterio que no pude revelar. De la fe que no alcancé. De los secretos que siguen siéndolo”. Lamberti no quiere juzgar, no quiere desmentir a ese Interior; ante todo busca creer en lo mismo, sintonizar, él también quiere cruzar y comprender desde adentro el milagro, la maldad y todo lo que existe en el medio. El relato del horror, entonces, es el intento trunco de acceder a la lógica vital de un territorio incomprensible. La cacería del misterio. 
¿Es un territorio universal o estrictamente argentino? Un primer mérito de esta literatura es que esa diferencia no tenga sentido. En una reciente entrevista que ofreció en Infobae Cultura, Lamberti refería que esta cuestión ya está resumida en El Matadero de Echeverría. El símbolo de la Naturaleza en este libro es el eucalipto, que aparece por todos lados: rodean la casa a la que hace referencia el nombre del cuento que también es título del libro, forman parte del paisaje o bien ejercen una frontera, una línea. Un árbol común a todo el interior lambertiano pone a ese territorio igual de predispuesto a la tragedia. Nadie corta o quema un árbol, nadie agrede a la Naturaleza porque ella es destino y ley superior. Es tan potente el destino que nadie se atreve a desafiarlo. Y es una madre que solo quiere el mal.

La hipótesis
“La casa de los eucaliptus”, “Muñeca”, “Acapulco” y “Santa” tematizan la violencia purificatoria, redentoria, y el ensañamiento contra lo femenino. La violencia de género se explica (¿se explica?) como la dominación de lo sobrenatural sobre sus perpetradores. Son cómplices los narradores mismos, a veces en la piel del asesino o en la de amigos y conocidos de las víctimas, influidos por una entidad externa. Los caminos intestinos de la violencia en el país narrativo de Lamberti no tienen iluminación de autopista ni están señalizados, por lo tanto responden a un orden de lo oscuramente natural. A los personajes no les queda otra que asesinar mujeres por ejercer su sexualidad, a otros hombres por su homosexualidad, a la propia madre por la monstruosidad de sus hijos; incluso en “Santa” una conspiración cósmica de carácter divino se ensaña con una mujer y la crucifica en vida. La violencia de género en estos cuentos se relata desde lo sobrenatural porque es así como la vivimos: una aberración en superficie inexplicable pero que en realidad se arraiga en los sustratos más hondos de la cultura. Forzando un poco la lectura, la voluntad –ya citada más arriba– del narrador del último cuento (que justo se hace llamar Luciano) pasa por comprender cómo creen en lo sobrenatural estos habitantes en estado de Naturaleza. Pero también puede ser pensado en sentido inverso. Quizás podamos resumir la estrategia narrativa del siguiente modo: creer para comprender, comprender para contar, contar no para evitar, sino para creer de otro modo. La narración que permita comprender –sin justificar, desde ya– un femicidio en sus motivaciones no pertenecería a la ficción en nuestra época inundada de sangre, antes bien a la crónica periodista; Lamberti hace el camino –vale la repetición: el camino interno– hacia atrás, como un cronista de la narrativa que se habla de pueblo en pueblo. El artificio de lo sobrenatural sirve para estremecer por inentendible lo que precisa ser desnaturalizado. Narrando su naturalidad cotidiana, los episodios de violencia de género se muestran horribles pero a la vez demandantes de una solución razonada y originaria. Narrando desde adentro tal vez accedamos a desnaturalizar la constricción espantosa de un aparente destino. Sutil y peligrosa, la táctica de Lamberti pasa por habitar al monstruo y ser lo atroz, aún cuando al final del trance solo tengamos las manos sucias y vacías de moraleja.
El pifie
Ahora bien, ¿qué ocurre cuando esa misma táctica ingresa de lleno al terreno de la política? Con dos días de diferencia con respecto a la de Lamberti, Infobae publicó una entrevista a César Aira en México –la primera en décadas para un medio argentino. No hace falta aclarar la lejanía entre el monje fumador de Flores y el cordobés, pero ambos coinciden en afirmar que no se le pueden pedir peras políticas al olmo de la literatura. “La literatura no tiene una injerencia social para nada, como en otra época uno se imaginaba que la tenía”, dice Luciano y “La literatura no tiene función social. ¿Por qué se le pide siempre eso a la literatura? ¿Acaso se le pide eso a la música? ¿Acaso la música de Mozart tiene una función social?”, dice Aira.
Sin embargo, el interior de Lamberti debe procesar cambios socioeconómicos reconocibles en la historia argentina reciente, y se agarra de lo que tiene a mano, la lógica de lo sobrenatural / naturalizado. Y las mediaciones y las exigencias ante lo político parecen ser otras que las exigidas por lo monstruoso de la naturaleza. En este plano, el paso del Lamberti no se luce tanto. Un episodio de “Acapulco” es transparente: “Algo está pasando, dijo el Tunchi (...) Es el cierre de la fábrica, dije. La gente está deprimida. No, yo creo que es otra cosa, dijo el Tunchi. Yo creo que el pueblo está, no sé, maldecido”. El narrador afirma que “no éramos chicos malos, o eso quiero creer”. Acto seguido, asesinan al homosexual del pueblo en el que ven expresado al diablo, el origen de la malaria. Años después, los asesinos concluyen que se equivocaron de víctima, porque nada ha mejorado.
En “El Espíritu Eterno” la alegoría es aún más poderosa. Un nuevo presidente argentino, licuado entre Macri y Massa y muy parecido al Hernán Blanco de Darín en La Cordillera, descubre al asumir que los destinos del país están invariablemente dirigidos mediante la comunicación ciberespiritista con un ánima de lo nacional que habla a través del cuerpo momificado de Perón. Sospecho que Aira no estaría en desacuerdo si decimos que en territorio de lo absurdo es fácil acceder al humor. Lamberti parece buscar el mismo efecto, la ironía oscura. Perón le habla al nuevo presidente: “Ahora tengo que decirte el secreto. Es el secreto que saben todos los presidentes argentinos. No se lo podés contar a nadie. ¿Estamos de acuerdo? Por supuesto, decís. Acercate, hijo. Lo hacés (...) Sentís un bloque de hielo que crece en tu estómago (...) ¿Siempre fue así?, le preguntás. Siempre, hijo, siempre. Quisieras no haberlo oído, nada será igual de ahora en adelante”. En el secreto que nunca sabremos anida el ansia, otra vez trunca, por resolver, por desentrañar. Pero esto es el quid de lo político. ¿La literatura solo puede emularlo, en un juego de sombras o de ventriloquia?

El veredicto
La casa de los eucaliptus es un eslabón más en la cadena genial que Luciano Lamberti forja con sus relatos. Esta lectura se ensaña con conclusiones que exceden un aspecto muy genuino de sus libros: producen la voracidad que en esta época solo ofrece Netflix. “El tío Gabriel”, “La ventana”, “Los caminos internos” y “Vida de E.” pertenecen a esa categoría, imprecisa pero presente en la cabeza de todo lector argentino, que junta los cuentos redondos, dinámicos, terminados sin rebarbas. La –por ahora– trilogía de El asesino, El loro y La casa de los eucaliptus condensa, con sus diferencias de estilo y recursos, un cúmulo de historias tan nacionales como a Borges le gustaría, es decir, historias universales. El terror a lo inentendible, ahí su tema central, es todavía el sentimiento que mejor nos recuerda de dónde venimos mientras intentan convencernos de que avanzamos hacia el futuro.



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