22 abr. 2013


Naturaleza humana

1. La contratapa del libro dice que su autor: “capta el momento en el que esas vidas logran un estatuto religioso”, y sigue en un razonamiento impecable. Lo abro, recostado en una hamaca paraguaya. Su autor me cae bien, nos conocimos en Rosario hace casi tres años, pertenece a una extirpe literaria de cordobeses sentimentales y resentidos que me gusta. Sin tonada. Sin humor cordobés. Como Carlos Godoy, el autor del poema de mi generación (La escolástica peronista ilustrada, pronto a reeditarse). Cierro el libro horas después, ya leídos todos sus cuentos. La concha de tu madre, Luciano. Cuentos cortos como leña cortada y fresca en la mañana nórdica: quiero estar arriba de un caballo o de un tractor y ser útil al país agrario mientras alguien escribe así. En cambio, en ocio, hago el fuego, trozo el pollo y sigo pensando en el libro, en sus cuentos. Tendría que llamar a Luciano y gritarle en medio de la euforia del vino que su libro me deslumbró y me elevó cien metros, por las nubes. 2. Estoy hablando de El asesino de chanchos del narrador y poeta cordobés Luciano Lamberti (en una bellísima edición de Tamarisco, de 2010). Libro de obsesiones que me gustan: la madre, el hermano varón, el tiempo con amigos, el trabajo como soledad, el extrañamiento paterno, ah, y los animales… los que hay que matar, los que hay que cuidar. Cuentos de trabajo y familia, entre urbe y natura de una Córdoba –aceptemos el adjetivo esta vez- “profunda”. Orden sin progreso. 3. En Buenos Aires acaba de pasar la semana de estrellato del joven Fariña y el descubrimiento vidrioso de la ruta del dinero negro. Escucho repeticiones por todos lados. Pero me obsesiona una frase: “un millón de dólares pesa 1 kilo 100”, dice Fariña, y se me ocurre que eso lo podría haber escrito también Lamberti, porque ese es su punto de vista: el peso, el calcio de las cosas. La materia anterior al símbolo: esa oscuridad primaria. Argentina año 13: sin posibilidad de pasar sus pesos a dólar los nativos ahora se preguntan cuánto pesan los dólares. Y cuánto pesa en verdad un millón de dólares (“¡mucho más que un kilo cien!”) discuten en la mañana de Víctor Hugo. ¿La nueva guerra de clases altas será la superación de lucha de clases (medias) de los años kirchneristas? Tan lejos, Lamberti, habla de lugares sin clases porque no tienen clase los que esperan el derrame keynesiano, los que no piden aumentos, los fumigadores de plagas, los escritores vagos, los que rezan por un golpe de suerte. Prosa del tiempo: y si es hora de hablar de dinero, es hora de hablar de enriquecimientos lícitos e ilícitos. La economía es una hoja de ruta de aventureros: Lamberti escribe como un dios caído del paraíso cultural, sin ciudad ni conurbano, urbe sin centro. 4. Me llevé el libro al Tigre porque creí completar su ideal estético en la cabaña de madera que alquilo en el río Carapachay para disfrutar de la familia, el asado, las bondades de la tierra: mierda que no, Lamberti dice que lo que hay que domesticar es la naturaleza humana. Y los animales son criaturas breves y fugaces, salidos para la soledad o para hacer algún acuerdo afectivo, muscular, o una tiranía horrible. En definitiva: el juego asesino de la representación en medio del desierto. 5. El asesino de chanchos es un libro perfecto que individualiza una voz que aparenta ser la constelación de los puntos de un naufragio generacional (chicos de pueblo sin destino, escritores o estudiantes de carreras perdidas, oficios viejos, sexo sin amor, y así) y deviene en disparos a direcciones distintas que no se reencuentran. La poesía sería el arte de unir esa dispersión con los hilos de baba invisible: pero el narrador asume con mucha más fuerza su decisión de abandonar. De contar la pérdida. 6. Lamberti escribe sobre los restos provinciales y barriales del Estado de bienestar y en la resaca afectiva que dejó la recesión: cuando tener un trabajo no es tener dignidad, apenas un don secularizado.7. “El verano brillando y los árboles y las piedras brillando y todas las cosas dentro tuyo, sin brillar”, dice en el extraordinario cuento “Febrero”. 8. ¡Lamberti es la voz del interior!

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