11 mar. 2013


Un año sin amor (publicado en Ciudad X, hace un tiempo)


Chik lit, según Wikipedia: “género dentro de la novela romántica, que actualmente está en auge, escrito y dirigido para mujeres jóvenes, especialmente solteras, que trabajan y están entre los veinte y los treinta años”.
Ejemplos cinematográficos: El diario de Bridget Jones y Sex and the city en sus dos formatos, serie y película. En Argentina, el género tuvo su colección hace unos años con novelas como Te pido un taxi, escrita a cuatro manos por Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini, o Tenemos que hablar, de Celia Dosio, ambas publicadas por Sudamericana. En todos los casos se repite el mismo procedimiento: mujeres al borde de un ataque de nervios sufriendo sinceramente por amor.
Kiki 2, de Cuqui podría encuadrarse dentro de esas reglas, pero mostrando su lado más oscuro, más cercano al best seller Cien cepilladas antes de dormir, de Melissa Panarello. Después de su lectura, y como con la mayoría de las obras de Cuqui (autora de más de diez libros, entre poesía y narrativa) surge varias preguntas: ¿Qué es esto? ¿Una novela? ¿Una performance? ¿Un diario sexual? ¿O todo eso mezclado y regurgitado?
Si el género reivindica en algunas de sus formas la superficialidad y el sexo sin compromiso, Kiki 2  plantea todo lo contrario: su protagonista busca amor, busca novio, busca alguien que no sea sólo un cuerpo. Mientras tanto, los cuerpos desfilan uno tras otro, se los describe sin piedad: sus medidas, sus formas de hacer el amor, sus genitales, sus excusas infantiles y su invariable estupidez.
Kiki 2 es la segunda parte de Kiki (2008- Huacala Capirote). En la primera, la protagonista (y la autora) habían dejado papelitos en Ciudad Universitaria, invitando a tener sexo, con su número de teléfono. Los mensajes no tardaron en llegar y los encuentros sexuales fueron variados y descriptos con lucidez, humor y minuciosidad. Como gran parte de la buena literatura, el libro pasó desapercibido.
En el comienzo de esta segunda edición, la protagonista pone un aviso en una página de escorts: de ahí provienen algunos de sus ejemplares humanos (otros continúan de la primera parte). A todos se les pone condiciones: deben llevar tres películas de terror, las relaciones tendrán lugar con ese trasfondo gótico.
Con varios registros (la voz de la narradora, los mensajes telefónicos y los emails) el libro da cuenta de esos encuentros durante un lapso de seis meses. A veces son buenos, la mayoría del tiempo muy malos. En el medio desfilan las obsesiones de Cuqui: fragmentos de la obra de Jodorowsky, sueños eróticos con Messi, el tarot, la lectura de la revista Vogue y la omnipresente figura de Madonna, ideal de potencia humana y artística.
            Con una voz narrativa ágil, inocente e irónica por parte iguales, Kiki 2 muestra el sexo en su dimensión lúdica y profundamente humana. La protagonista quiere alguien con quien dormir, pero no un matrimonio o hijos. Los hombres que describe son, en partes iguales ridículos, egoístas y lujuriosos. Como casi todos: el único que se salva es un extranjero que la trata con amabilidad.
            En sintonía con la avidez por lo “verdadero” de los realities y la televisión, el libro no se ocupa en disfrazar de literatura sus anotaciones. No hay golpes de efecto, recursos tradicionales ni una trama en el viejo sentido de la palabra, no hay principio ni fin, sino un trozo de vida puesto a consideración. En este sentido, Kiki 2 reclama un lector curioso y participativo, que espíe por la cerradura esa habitación donde todo puede suceder. 

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