27 abr 2014

Hola, soy Idelsa, la asistenta personal del señor Luciano Lamberti. Mido 2 metros, peso 147 kilos, mis abuelos vinieron de Alemania. De ahora en más yo voy a hacerme cargo de sus redes, y de su vida toda. El señor Lamberti no tiene tiempo para nada porque está escribiendo todo el día, así que no lo molesten. Saludos.

5 mar 2014

Queridos amigos de la internet: les recuerdo que el próximo martes 11 a las 18 hs en el hermoso Museo de la Mujer largamos el taller de escritura creativa temporada 2014. Es un taller inicial para escribir a partir de consignas y conocer escritores nuevos o raros, o repasar los clásicos de siempre. No se lo pierdan, sé de que les hablo, de mi taller salieron escritores, buenos lectores e incluso parejas que se mantienen hasta la actualidad, con hijos y todo. Los interesados pueden escribirme inbox o a lucianojlamberti@gmail.com Besos y lluvia de estrellas para todos y todas.

24 feb 2014




Corrección online, cuentos, fragmentos de novela.
Coordina: Luciano Lamberti.
Informes: lucianojlamberti@gmail.com

13 ago 2013


23 jul 2013


11 jul 2013



Carta al padre


La muerte del padre es uno de esos temas que generan una emoción casi obligatoria en el lector. No sólo por la existencia de una tradición alrededor de este tópico (uno de los mejores exponentes es la novelaLa invención de la soledad, de Paul Auter) sino porque nos iguala en la comprensión de esas tragedias íntimas y sencillas en relación con nuestros propios padres. Su figura tiene algo atávico, mítico.
            De esa pequeña tragedia da cuenta Mi libro enterrado, primera novela de Mauro Libertella publicada por editorial Mansalva. Con la diferencia de que aquí el padre no es un padre cualquiera sino también un escritor, uno de “los raros” herméticos de la literatura argentina, y su muerte se convierte, además, en un legado literario. El padre que le entrega la posta al hijo para que continúe su obra, el hijo que transforma una obra difícil en una novela sencilla, clara y honesta, que no disfraza ninguna emoción con literatura.
            Tampoco es cualquier agonía la que recorremos junto al libro: es una agonía dramática, de alguien que se propone firmemente la autodestrucción alcohólica y no ceja en su empeño. “Es lo que yo llamo el derrumbe”, dice el narrador, tratando de encontrar forma en ese largo suicidio, esa dejadez en la que el padre se interna suave y prolongadamente para morir, signo de una perimida tradición beatnick que el hijo desprecia: la borrachera “simpática” de aquellos años locos.
            La enfermedad revierte las relaciones: convierte al padre en el hijo desválido, al hijo en el padre sobre el que pesa la gravitación de la muerte. Si La carta al padre de Kafka consistía en un brillante y minucioso reproche, y lo mismo la novela de Auster, en ésta no hay nada más que amor y ternura por el padre que se va.
            Pero la paternidad aquí no lo es sólo por una contingencia biológica: también es paternidad literaria. A su cargo queda la iniación del narrador en ese aspecto, a quien a los diez años le lee el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, de Borges. Hay algo de fatalidad en esa escena: la del hijo que recibe la “condena” literaria; la del padre que entrega su amor como el objeto más preciado. Inútil la resistencia a continuar un camino preestablecido, la literatura terminará buscando al hijo y siendo parte de su vida. Como también el instrumento con el que el hijo pretende analizar la muerte de su padre, su vocación literaria, la relación que los unía. En este sentido, el apellido es una carga que el hijo lleva como ajena: cada vez que le dicen Libertella piensa en el otro, como si se hubieran equivocado de persona.
            Primer profesor de literatura, el padre es también el primer crítico, al que hijo somete en sus textos más jóvenes. La edad del padre al publicar (23 años) corre al hijo como un monstruo en un pasillo: a la edad en que el padre estaba ganando su primer concurso, el hijo está escribiendo su primer relato, que paradójicamente tiene a la muerte del padre como protagonista.
            Mi libro enterrado es una novela íntima, casi una carta que leemos sobre el hombro. También una narración plagada de hermosas imágenes que se graban a fuego en la memoria. Hay una especial, por su gracia y su sensibilidad: el hijo visita al padre en su departamento de escritor, y el padre le prepara para dormir una cama hecha de hojas abolladas, los restos diurnos de su trabajo corrección. En esa imagen se cifra la delicada belleza de esta primera novela.


21 jun 2013

Manual ilustrado para entender a Estados Unidos

(Publicado el jueves 20 en ciudad x)


                Muchos fueron los que intentaron definir a Norteamérica, y muchas las novelas que intentaban decirlo todo sobre ese desmesurado país yconstituirse de una vez y para siempre en la “gran novela americana”. En 1973, Kurt Vonnegut, que ya era un escritor consumado y había cosechado el éxito de la impresionante Matadero 5, hizo la prueba una vez más.
                El resultado es un libro lleno de violencia, consumismo desenfrenado, humor delirante y locura: un espejo para el país de la época y, por qué no, para el actual.
                Esta nueva edición de ese clásico (con tapas una vez más de Liniers) comienza con un prólogo donde el autor declara: “Este libro es el regalo que me hago a mí mísmo al cumplir cincuenta años”.
En un gran sentido es, entonces, un libro íntimo, casi un capricho de un viejo zorro que más sabe por viejo. Encontramos nuevamente esa maravillosa voz a la que Vonnegut nos tiene acostumbrados, telegráfica y excesiva a la vez, que vuelve con un sentido musical de la prosa a los mismos ejes, como si Vonnegut cantara en vez de escribir, o como si sus novelas fueran largos poemas con leitmotivs intercalados que regresan la acción al comienzo.
Un escritor de ciencia ficción llamado Kilgore Trout, que ya habíamos conocido en Matadero 5, se encuentra con Dwayne Hoover, multimillonario loco: ese es todo el argumento de la novela, que narra con minuciosidad los momentos anteriores a la cita, desde una mirada múltiple, de mosca, que se regodea en los detalles (hay una lista por ejemplo de las medidas del pene de todos sus personajes, incluyendo a un violador) sin perder de vista el Todo, el gran ruido de fondo de la sociedad norteamericana.
Pero los personajes y el encuentro son nada más que una excusa para elaborar esta especie de tratado delirante, mezcla de ensayo, autobiografía y novela que es el libro. Como si tuviera que explicarle la realidad a un niño o un extraterrestre, Vonnegut se regodea en insertar dibujos de su propia mano para ilustrar nuevamente los conceptos más sencillos: un cordero, una vaca, un revolver calibre 38, incluso un ano.
Alter ego del autor, Kilgore Trout es un escritor viejo y fracasado que ha publicado más de doscientas novelas y miles de cuentos en revistas baratas, pornográficas en su mayoría, y otro de los elementos que se repiten en la novela son los argumentos de sus cuentos y novela, quizás superiores a la propia ejecución. Todos repiten esa interpretación oblicua y metafórica de la realidad que es la ciencia ficción, tratando de congelar en un instante el Leviatán de Norteamérica: un planeta habitado por automóviles que se reproducen con huevos, la carta de Dios a la única persona con libre albredío, una isla donde todo el espacio estaba en manos de unos pocos y los demás debían vivir colgados de globos.
En la otra esquina, el millonario excéntrico, a punto de enloquecer y cometer una tontería con un revolver calibre 38. Su esposa se ha suicidado tomando un raro veneno, su hijo es un homosexual que toca el piano por dinero. Es, de alguna forma, el reverso perfecto de Kilgore Trout, su contracara, pero donde otros pondrían un villano frío y calculador Vonnegut pinta a su personaje como un viejo loco que se acuesta a jugar con su perro. Todos sus personajes tienen su redención, que no se consigue a través de un acto heroico sino de la mirada del narrador, que los comprende y a su modo los ama.
Vonnegut, junto a Don DeLillo y Thomas Pynchon, es el escritor profeta de un gran país enloquecido. Su tarea, la de gritar en las peatonales con un cartel en el pecho, es siempre insuficiente y siempre necesaria. Una de esos estrellas que aparecen una vez cada cien años y dejan una marca en el imaginario, incluso quizás en los de aquellos que nunca se permitieron el placer de leerlo.

20 jun 2013

te quiero amigo Tony, y me das miedo

9 jun 2013

Semana Lamberti en la revista chilena 60 watts: Entrevista, reseña y cuento. Tomá mate.



4 jun 2013

El futuro llegó hace rato


                En su genial Mientras escribo, Stephen King cuenta que muchas de sus obras provienen de una pregunta en condicional: ¿Y si...? Salem`s Lot, por ejemplo, traducido al español como La hora del vampiro, proviene de la pregunta ¿Y si unos vampiros invadieran un pueblito de Nueva Inglaterra? Lo mismo se le puede adjudicar a muchas de sus obras: provienen de una posibilidad, que termina siendo la columna vertebral de la novela.
                En Los cuerpos del verano, la primera novela de Martín Felipe Castagnet, galardonada con un Premio la Joven Literatura organizado en Francia, el método es el mismo. ¿Y si los muertos pudieran volver con otro cuerpo?, es la pregunta que conforma su columna vertebral, y a la vez la punta del ovillo para desenrollar la trama.
                La misma, por otro lado, es simple: un hombre llamado Rama vuelve a existir en el cuerpo de una mujer. Vuelve después de muchos años, con sus hijos y nietos ya viejos, y algunas cuentas pendientes de su vida anterior. Esto le permite al narrador desarrollar gradualmente un mundo, un universo propio y distópico que –como toda la ciencia ficción contemporánea- algo le debe a James Ballard y a Kurt Vonnegut y al Dios Tutelar Pilliph K. Dick, sin ceñirse estrechamente a ninguno de ellos, porque es una novela con estilo propio. Además, logra lo que pocos autores del género: que su ficción suene “argentina”, sin la necesidad de que sus personajes escuchen tangos o tomen mates o se engullan un bife de chorizo.
                Asistimos al monólogo cansado y escéptico del protagonista, que tiene que aprender a vivir con “un cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere”, arrastrando una batería consigo para lograr la subsistencia. El lenguaje de la novela es claro y no incurre en la literatura: es decir, en la artificiosidad, en la “belleza” deliberada.     
Como toda excelente novela de ciencia ficción, Los cuerpos del verano trasciende la cuestión científica para preocuparse por dilemas relacionados a cuestiones más centrales, incluso (¿puedo usar esta palabra?) universales.
                En este sentido, el epígrafe de Stephen Hawking (“No hay cielo ni vida después de la muerte para las computadoras obsoletas; ese es un cuento de hadas para la gente que le teme a la oscuridad”) resume muy bien una de las preocupaciones centrales de la novela: la preocupación por la identidad. ¿Somos nuestro cuerpo? ¿Puede equipararse el cuerpo a una máquina? ¿Qué es eso que queda “flotando” en la web luego de la muerte? ¿Se encuentran la consciencia o la mente en algún lugar determinado de nuestro cuerpo?
                Pero el tema no se acota allí. La novela de Castagnet desenreda su ovillo en muchas direcciones. Doy tres ejemplos: el protagonista es más joven que su hijo Teo, que está arruinado por la ancianidad y a la manera de ciertos personajes de Beckett es pura voz defectuosa. Hay traficantes de órganos en las villas miseria capaces de vender un riñón a precio módico. Existen los “miembros fantasmas”, en el caso del protagonista un literal miembro viril que se despierta erecto (pero que no está más ahí).
                Como se ve, la novela mira al futuro con un ojo en el presente. Lo cierto es que vivimos en el futuro, que si bien dista mucho de las representaciones robóticas de los años 50, no por eso deja de ser aterrador. Es posible leer la novela como una gran metáfora de la web, de nuestras identidades que “flotan” en el hiperespacio, incluso de la figura del fake: la identidad falsa, el usurpador de identidad.
Hace poco se dio a conocer Avatar 2045, un proyecto para trasladar la consciencia humana primero a robots y después a hologramas capaces de vivir para siempre. Las viejas concepciones de cuerpo, de identidad e incluso de religión podrían ser subvertidas. Sus mentores planean incluso formar un partido político: Revolución 2045. Lo que plantea Los cuerpos del verano no es el futuro: es el aquí y ahora.


6 may 2013



La buena gente de campo

(El jueves pasado en Ciudad X)


“El miércoles 21 de marzo de 1990, en Tábano, un caserío al oeste de la provincia de Buenos Aires, se produjo el único suicidio en masa del que tenga registro en la historia criminal argentina”.
                Así empieza Me verás volver, de Celso Lunghi, flamante ganadora del último premio Página 12, con un jurado entre los que se cuentan escritores de la talla de Juan Forn, Alan Pauls, María Moreno o Guillermo Saccomanno, entre otros. Y esa primera frase encierra el sistema de muñecas rusas que rige la composición arquitectónica de la novela.
En ésta, como acusaba Onetti a Puig, uno no sabe como es la voz del autor, pero sí la de los personajes, que desarrollan la historia a partir de sus puntos de vista, en sucesivos monólogos interiores y textos ficcionales, como cartas o retazos de libros, y con una información siempre parcial sobre los hechos.
Me verás volver es, sobre todo, una novela policial, pero que subvierte el clásico esquema “crimen – enigma – resolución del enigma” en “crimen – enigma – más enigma”. En cada muñeca rusa hay un nuevo misterio, un hecho desconcertante que engrosa la oscuridad alrededor de los personajes. Es acertado el fallo del jurado que dice que “hacía tiempo que las grandes tradiciones de la literatura argentina no convergían en una trama”, porque esos “niveles” también son géneros en sí mísmos, y cada volantazo de la novela implica un cambio de lectura: desde el policial al terror, desde el documental al fantástico.
Aunque la gran influencia quizás sea la de Stephen King, citado en uno de los epígrafes. Al igual que en las historias de King, ésta se desarrolla en un ámbito rural, y su terror es el de los personajes de esa zona: terror de campo, terror de corazones solitarios y un poco salvajes. Hay un sacerdote malhumorado y corrupto, una niña santa, amas de casa desesperadas y crueles.
También podría haber sido, desde su rigurosidad argumental, una novela de Sergio Aguirre: rápida, esférica, inteligente, maligna. Las piezas encajan una a una precipitando el suspenso y el único detective posible es el lector, que tiene los datos suficientes para resolver el misterio.
La historia gira alrededor de una niña que comienza a recibir mensajes de la Virgen María. Poco a poco congrega a un grupo de personas que se acabará transformando en una secta. Con lentitud, como quien quita capas de ropa, se desvelan los secretos horrorosos de la familia de la niña, su padre, el fantasma inquieto de su madre. Será ella quien, en un momento determinado, le ordene a sus fieles el suicidio a través de la ingestión de cianuro.
Pero esa es sólo una de las capas de la novela, que recubre las relaciones perversas de los habitantes del pueblo. La verdadera oscuridad no es la de lo sobrenatural, sino la de los corazones reales de esa “buena gente de campo” capaz de los peores crímenes.
Con un funcionamiento similar al de la novela de folletín, cada capítulo funciona como una pequeña narración cerrada en sí mísma, que agrega un nuevo detalle horroroso. Y lo hace sin golpes de efecto ni grandes despliegues linguísticos. No hay una sóla frase “poética” o “literaria” en la novela: más bien se trata de captar la simpleza y el minimalismo del lenguaje oral, porque el efecto se da a nivel de la narración.
A pesar de la rapidez con la que se lee (o a causa de eso precisamente), Me verás volver  admite relecturas, y logra dejar la impresión de ligera incomodidad y confusión que causa la vida misma. Novela epistolar, novela documental, novela de chismes de pueblo y de extraños y dolorosos pensamientos, constituye el prometedor debut literario de su autor, de sólo 25 años, lejos de la escritura autobiográfica y generacional contemporánea y más cerca de aquello que Borges le pedía a la literatura: una buena trama.










25 abr 2013




Una chica de provincia


A finales del 2012, una novela irrumpió con fuerza en las listas de votaciones de “libro del año”. Se llamaba El viento que arrasa y su autora, pese a tener publicados un libro de cuentos (Una chica de provincia), uno de poemas (Mal de muñecas) y una nouvelle (Niños), era joven y casi desconocida. Pronto llovieron los elogios desde los suplementos culturales e incluso desde la voz autorizada y legitimante de Beatriz Sarlo.
Nacida en 1973, en Entre Ríos (actualmente vive en Buenos Aires) Selva Almada se formó en el mítico taller de Laiseca, al que aún acude para leer su producción. Dice sobre la experiencia: “No es un taller convencional, Laiseca nunca te va a marcar una cuestión de puntuación, es como muy libre en un sentido. Aprendés de él a través de lo que charlás, de sus lecturas y de su experiencia de vida más que cómo formatear un cuento o cómo hacer una descripción. En ese sentido es un poco mitológico. Su gran acierto es que te alienta a encontrar tu propia voz. Yo misma soy docente y a veces me tengo que contener para no llevarlos a lo que me gusta leer a mí”.
Narrada en un lenguaje sencillo, claro y económico, El viento que arrasa cuenta una historia mínima, con cuatro personajes y lo que en la preceptiva se llamaría unidad de tiempo y lugar: un pastor y su hija, un mecánico y su hijo adoptado, un auto descompuesto. Alrededor, el paisaje deprimente y hostil del desierto chaqueño, casi un personaje más en la historia. 
“Conozco el Chaco de haber ido varias veces”, dice Almada. “Me pasaba que salía de Entre Ríos que es como un vergel y me iba a meter en el norte santafesino y sur del Chaco, que es desértico y llano. Me parecía un paisaje hostil, yo lo rechazaba y él me rechazaba a mí. Entonces planteé esa dicotomía entre el paisaje chaqueño y el entreriano, la infancia del pastor transcurre en Entre Ríos y está llena de ríos y árboles, es donde tiene lugar su bautismo”.
Uno de los aciertos en el libro es el uso de los diálogos, que suenan creíbles sin ser costumbristas, algo poco visto en la narrativa contemporánea. “En los relatos anteriores le escapaba siempre al diálogo porque me parecía que cada vez que lo usaba quedaba impostado. Y en cambio acá la novela de hecho arranca con un diálogo, y ahí me di cuenta de que funcionaban, me parecían verosímiles. Por ahí no soy muy observadora pero sí tengo mucho oído para captar cosas que pasan, o frases, o giros, que me gustan, me interesan, me parecen pintorescos”.
El otro acierto es la prosa: cuidada, económica, profundamente sensorial, recuerda un poco a la de ciertos narradores de los setenta como Haroldo Conti o Moyano, y menos a los desvíos y las disgresiones que suelen caracterizarse como “escritura femenina”. La de Almada es, en este sentido, una escritura masculina, útil y transparente, que parece dejar hablar a los personajes por sí mísmos sin la molesta intervención del autor, y con un concepto de la sugerencia que recuerda a la teoría del iceberg de Hemingway.
“Ya me han dicho que mi escritura no es típicamente femenina”, dice la autora. “Igual las escritoras que me gustan no trabajan con ese tono. No me interesan las historias domésticas con dramas o románticas. Me gustan las historias que avanzan. Y me da más curiosidad el mundo de los hombres que el de las mujeres. Eso se nota en la novela, donde las madres están ausentes.  Lo que no quiere decir que en mis cuentos no aparezcan mujeres, pero no son mujeres comunes nunca, son quizás más masculinas. Por ahí es la mirada que yo tengo sobre las cosas, sobre el mundo”.

El viento que arrasa es una novela moral, en el sentido que le da a esa palabra la larga tradición de escritores del profundo sur norteamericano. Como en Pedro Páramo de Rulfo, sus personajes viven en un infierno en la tierra, una zona despoblada y pobre, y esto parece ser el resultado de sus propias acciones pecaminosas. En todos hay una pérdida, un recuerdo doloroso que puede resumirse en una imagen, una fotografía.
“En ese tiempo había empezado a leer a Flannery O` Connor y Carson Mccullers”, dice Almada. “De Faulkner leí Mientras agonizo, y no mucho más, algunos cuentos sueltos, y creo que lo que hay suyo en la novela está más pasado por el río de Onetti. Elegí la figura del pastor porque necesitaba la excusa de alguien que viajara, y los viajantes de comercio ya casi no existen y son un lugar muy transitado. Y como yo voy mucho al Chaco me habían llamado la atención la cantidad de cultos evangélicos”.
La acción cuenta en simultáneo la vida de esos cuatro personajes, la espera para que le arreglen el auto al pastor, que debe seguir viaje, los flashbacks que permiten entender su historia y los sermones del pastor. Y todo se encamina hacia un final digno de una buena película argentina. Porque El viento que arrasa es también una “novela cinematográfica”, como dice la contratapa, casi servida para su adaptación. “Hay una propuesta bastante firme de un productor”, adelanta Almada, “que ya casi está cerrada. Hubo un par de directores puntuales, pero nos conveció esa. En ese momento incluso me planteé si era necesario llevar el libro al cine, sino era mejor dejarlo como estaba. Después pensé que bueno, la película nunca va a ser el libro, va a ser la obra del director o el guionista, no mía”.
Uno de los temas centrales de la novela son los vínculos familiares, cuyas rupturas marcan la vida de los personajes. Almada es contundente al respecto: “La familia, como institución, la familia convencional, me parece algo que necesito poner en crisis todo el tiempo”, dice. “Yo vengo de una familia disfuncional, entonces cuando veo papá, mamá, la nena, el nene, y son todos felices no les creo. Siempre estoy poniendo en cuestión la familia, con todo lo que gira alrededor. La familia es el lugar de protección, mentira, las peores cosas se suceden muchas veces ahí adentro. La idea de que la sangre tira también me parece un discurso vacío. O la idea de que por que sos familia te tengo que defender a capa y espada aunque te hayas mandado una cagada terrible. Esa cosa argentina de que lo primero es la familia es una idea que me da escozor. Por eso en mis historias las familias nunca están completas, siempre les falta una parte”.
En breve, siempre por Mardulce editora, aparecerá Ladrilleros, su segunda novela, “un poco más larga y más disgresiva”. Luego de la primera, la expectativa es grande y a la autora confiesa darle “un poco de vértigo”. Además, afirma seguir eligiendo un proyecto mediano como ese antes que los grandes grupos editoriales. “Me siento más cómoda con ellos. Me gusta la editorial, me gusta el catálogo que están armando. Trabajo muy bien con Damian (Tabarovsky). Me acompañaron mucho en todo el proceso del libro, ellos se ocuparon de la prensa, de llevarlo a una distribuidora. Yo puedo opinar sobre las tapas, cosa que no es habitual en el medio. Es una idea quizás un poco romántica de la vieja relación del editor con el autor, que lo acompaña durante toda su obra y toda su vida. Tampoco me voy a cambiar de editorial para ganar plata”.


(Publicado hoy en Ciudad X)


22 abr 2013


Naturaleza humana

1. La contratapa del libro dice que su autor: “capta el momento en el que esas vidas logran un estatuto religioso”, y sigue en un razonamiento impecable. Lo abro, recostado en una hamaca paraguaya. Su autor me cae bien, nos conocimos en Rosario hace casi tres años, pertenece a una extirpe literaria de cordobeses sentimentales y resentidos que me gusta. Sin tonada. Sin humor cordobés. Como Carlos Godoy, el autor del poema de mi generación (La escolástica peronista ilustrada, pronto a reeditarse). Cierro el libro horas después, ya leídos todos sus cuentos. La concha de tu madre, Luciano. Cuentos cortos como leña cortada y fresca en la mañana nórdica: quiero estar arriba de un caballo o de un tractor y ser útil al país agrario mientras alguien escribe así. En cambio, en ocio, hago el fuego, trozo el pollo y sigo pensando en el libro, en sus cuentos. Tendría que llamar a Luciano y gritarle en medio de la euforia del vino que su libro me deslumbró y me elevó cien metros, por las nubes. 2. Estoy hablando de El asesino de chanchos del narrador y poeta cordobés Luciano Lamberti (en una bellísima edición de Tamarisco, de 2010). Libro de obsesiones que me gustan: la madre, el hermano varón, el tiempo con amigos, el trabajo como soledad, el extrañamiento paterno, ah, y los animales… los que hay que matar, los que hay que cuidar. Cuentos de trabajo y familia, entre urbe y natura de una Córdoba –aceptemos el adjetivo esta vez- “profunda”. Orden sin progreso. 3. En Buenos Aires acaba de pasar la semana de estrellato del joven Fariña y el descubrimiento vidrioso de la ruta del dinero negro. Escucho repeticiones por todos lados. Pero me obsesiona una frase: “un millón de dólares pesa 1 kilo 100”, dice Fariña, y se me ocurre que eso lo podría haber escrito también Lamberti, porque ese es su punto de vista: el peso, el calcio de las cosas. La materia anterior al símbolo: esa oscuridad primaria. Argentina año 13: sin posibilidad de pasar sus pesos a dólar los nativos ahora se preguntan cuánto pesan los dólares. Y cuánto pesa en verdad un millón de dólares (“¡mucho más que un kilo cien!”) discuten en la mañana de Víctor Hugo. ¿La nueva guerra de clases altas será la superación de lucha de clases (medias) de los años kirchneristas? Tan lejos, Lamberti, habla de lugares sin clases porque no tienen clase los que esperan el derrame keynesiano, los que no piden aumentos, los fumigadores de plagas, los escritores vagos, los que rezan por un golpe de suerte. Prosa del tiempo: y si es hora de hablar de dinero, es hora de hablar de enriquecimientos lícitos e ilícitos. La economía es una hoja de ruta de aventureros: Lamberti escribe como un dios caído del paraíso cultural, sin ciudad ni conurbano, urbe sin centro. 4. Me llevé el libro al Tigre porque creí completar su ideal estético en la cabaña de madera que alquilo en el río Carapachay para disfrutar de la familia, el asado, las bondades de la tierra: mierda que no, Lamberti dice que lo que hay que domesticar es la naturaleza humana. Y los animales son criaturas breves y fugaces, salidos para la soledad o para hacer algún acuerdo afectivo, muscular, o una tiranía horrible. En definitiva: el juego asesino de la representación en medio del desierto. 5. El asesino de chanchos es un libro perfecto que individualiza una voz que aparenta ser la constelación de los puntos de un naufragio generacional (chicos de pueblo sin destino, escritores o estudiantes de carreras perdidas, oficios viejos, sexo sin amor, y así) y deviene en disparos a direcciones distintas que no se reencuentran. La poesía sería el arte de unir esa dispersión con los hilos de baba invisible: pero el narrador asume con mucha más fuerza su decisión de abandonar. De contar la pérdida. 6. Lamberti escribe sobre los restos provinciales y barriales del Estado de bienestar y en la resaca afectiva que dejó la recesión: cuando tener un trabajo no es tener dignidad, apenas un don secularizado.7. “El verano brillando y los árboles y las piedras brillando y todas las cosas dentro tuyo, sin brillar”, dice en el extraordinario cuento “Febrero”. 8. ¡Lamberti es la voz del interior!