Amigos queridos (que vivan en Buenos Aires): en abril voy a comenzar un taller de escritura y corrección, los martes a las 18 hs en la librería Aquilea. Pronto más detalles.
7 mar 2015
19 dic 2014
Viejas batallas
Sobre
La poesía en el país de los monólogos
paralelos (Ensayos sobre poesía argentina contemporánea), Pablo Anadón,
Editorial Brujas, Córdoba, 2014.
Una década y media después, la
llamadaPoesía de los 90, ese fenómeno que no es sólo literario sino también social, continúa siendo en gran parte un enigma. Más allá de
algunos planteos teóricos, como los de Anahí Mallol y Tamara Katmenzain, desde
lo lingüístico, desde su particular uso de la tradición, desde su ruptura con
el pasado, el movimiento, si es que puede llamarse así, es una liebre siempre
inquieta. Un estudio serio sobre el tema debería incluir la forma en que se
vestían esos poetas, la clase social de la que provenían, los tonos que
adoptaban al leer en público, la cantidad de lecturas por fin de semana, las
drogas que consumían y la indignación, indiferencia o inexplicable placer que
provocaban los cuadros con algodoncitos de Fernanda Laguna.
Es también el resultado de la proliferación de
tecnologías que permitían que cualquier persona con una computadora pudiera
diseñar, maquetar, imprimir y distribuir a mano sus pequeños libros. La
proliferación, por lo tanto, de pequeñas editoriales, con editores que también
eran autores, debería ser un ítem importante en esa especie de estallido social,
sobre todo de las más importantes como Vox, Siesta y especialmente Eloísa
Cartonera. Comandada por Cucurto, esta última era algo más que una editorial:
no sólo publicaba lo que debía leerse en ese momento, lo nuevo, lo peligroso;
no sólo incluía en su catálogo a algunos faros de la generación, como Aira y
Fogwill, sino que era además un proyecto social, que reflejaba las condiciones
objetivas del país en ese momento.
Basta hojear algunos de los libros de esas
editoriales, entre otras, para descubrir que por último la llamada Poesía de
los 90, considerada en bloque, es mucho más diversa de lo que nos quieren hacer
creer. ¿Qué puntos de contacto podría haber entre Puctum de Martín Gambarotta con Putina
de Gabriela Bejerman, entre los poemas de Juan Desiderio y los de Silvio
Mattoni? Sus búsquedas son tan disímiles que lo único que los une, estaríamos
tentados de decir, es haberlas emprendido en los mismos años. Se procede
entonces a una simplificación, a un nivelar para abajo, considerando que todo
lo que se escribía en esa época era descuidado, espontáneo, más acorde a la
oralidad, lleno de referencias pop y sin el aura del verdadero arte, si es que
tal cosa existe.
Contra tal clase de estereotipo está escrito La poesía en el país de los monólogos
paralelos (Ensayos sobre poesía argentina contemporánea)de Pablo Anadón,
recientemente publicado por Editorial Brujas.Dividido en tres partes, el libro
se toma ciento veintidós páginas para describir (con espanto) lo que considera
las últimas tendencias de la poesía argentina, y contraponerlo a un cannon
personal en la segunda parte en el que figuran autores como Enrique Banchs,
Borges o Wilcok. Una tercera parte, menos ruidosa, navega sobre las plácidas
aguas del problema de la traducción en la poesía.
Verdadero militante de una poesía a la que
considera “verdadera”, el autor no duda en arrojar flecha tras flecha contra la
Poesía de los 90 considerada en bloque: el estereotipo descripto más arriba. El
problema es que la elusiva liebre del problema es corrida por derecha en estas
páginas, precisamente lo que necesita para volverse atractiva.
Lo que a Anadón le molesta, lo que descubre con
horror apenas llegado de su estancia en Italia, son las características
liberadoras de esta poesía en un sentido casi sexual de la palabra: 1. Su
interés periodístico por el presente, por la cotidianeidad, por su espacio
inmediato; 2. El uso del verso libre, un verso casi prosaico que es leído
precisamente como prosa; 3. Su transparencia, su referencialidad y la ausencia
casi total de recursos poéticos. Todas las características que sacaron en ese
momento a la poesía de un lugar inaccesible y la volvieron por todos y para
todos.
Pero en el fondo lo que más molesta a Anadón, lo
que lleva a citar con una mezcla de furia y placer, poemas o fragmentos de
poemas de Alejandro Rubio, una de sus víctimas preferidas, es la supuesta
trivialidad de esta clase de poemas: su capacidad de hablar de cosas pequeñas
que no fueran pasadas previamente por el tamiz del pensamiento. Por supuesto
que también se rescatan algunos poetas, pero son siempre los que buscan su
acento en el pasado y la tradición: Carlos Schilling, Pedro Mairal o el hermano
de Anadón: Esteban Nicotra. La antología Monstruos,
curada por Arturo Carrera, y que incluía a una gran parte del establisment
literario de la época, es destrozada en bloque, cuando sus autores son, vistos
desde cerca, bastante disímiles entre sí.
Estas consideraciones se oponen, como queda muy
claro, no sólo a la poesía del presente sino al presente mismo. Los mass media,
las redes sociales, la hiperconectividad (el mundo contemporáneo, para
abreviar) son los entes malignos que volverán superficial cualquier
manifestación artística de por sí, sin probabilidad de error. Gran parte de la
indignación del libro proviene del problema de la función social del poeta, que
para Anadón debería ser la de “un loser
que reivindicaba su condición de exiliado interno”, como si todo poeta no fuera
definitivamente un exiliado, como si toda la poesía no fuera una actividad
minoritaria y algo heroica.
Hay, por último, una arista geográfica del
problema: se evidencia especialmente en la polémica que Anadón establece con el
Diario de Poesía, por las
repercusiones de un artículo de su autoría aparecido Fénix, su propia revista. El razonamiento sería el siguiente: Diario de Poesía representa una
tradición poética alejada de la verdadera lírica, yo critico a los poetas de
esa tradición, y sin embargo no hay nada que quiera más que estar en el Diario
de Poesía: hay algo ahí del mismo orden que lleva a muchos supuestos militantes
del interior a querer figurar con desesperación en Buenos Aires, criticando a
los que figuran porque, básicamente, no son ellos.
La estela que ha dejado tras de sí la Poesía de
los 90 es larga. Basta leer 30.30, poesía
argentina del siglo XXI, publicada por la Editorial Municipal de Rosario,
que abarca 30 poetas menores de 30 años de todo el país, para comprender que
muchas de sus estéticas continúan abrevando, sino en la renovación que
significó aquel movimiento, en una cierta actitud de los poetas.
Batallas como las de este libro, entre lo viejo
y lo nuevo, o lo verdadero y lo falso, se han librado desde que el arte es tal,
y podrían llevarnos a considerar a la poesía fuera de su aspecto formal, de los
recursos que utiliza o de la clase de verso que ejercita. La poesía es, más que
nada, un efecto en el lector: el de conmoverlo, el de iluminar una parte del
mundo o la experiencia antes vedados, y para eso cualquier instrumento es
válido, sea o no estudiado en la universidad.
4 jun 2014
27 abr 2014
Hola, soy Idelsa, la asistenta personal del señor Luciano Lamberti. Mido 2 metros, peso 147 kilos, mis abuelos vinieron de Alemania. De ahora en más yo voy a hacerme cargo de sus redes, y de su vida toda. El señor Lamberti no tiene tiempo para nada porque está escribiendo todo el día, así que no lo molesten. Saludos.
5 mar 2014
Queridos amigos de la internet: les recuerdo que el próximo martes 11 a las 18 hs en el hermoso Museo de la Mujer largamos el taller de escritura creativa temporada 2014. Es un taller inicial para escribir a partir de consignas y conocer escritores nuevos o raros, o repasar los clásicos de siempre. No se lo pierdan, sé de que les hablo, de mi taller salieron escritores, buenos lectores e incluso parejas que se mantienen hasta la actualidad, con hijos y todo. Los interesados pueden escribirme inbox o a lucianojlamberti@gmail.com Besos y lluvia de estrellas para todos y todas.
24 feb 2014
8 oct 2013
20 ago 2013
13 ago 2013
23 jul 2013
11 jul 2013
Carta al padre
La muerte del padre es uno de esos temas que
generan una emoción casi obligatoria en el lector. No sólo por la existencia de
una tradición alrededor de este tópico (uno de los mejores exponentes es la
novelaLa invención de la soledad, de
Paul Auter) sino porque nos iguala en la comprensión de esas tragedias íntimas
y sencillas en relación con nuestros propios padres. Su figura tiene algo
atávico, mítico.
De esa pequeña tragedia da cuenta Mi libro enterrado, primera novela de
Mauro Libertella publicada por editorial Mansalva. Con la diferencia de que
aquí el padre no es un padre cualquiera sino también un escritor, uno de “los
raros” herméticos de la literatura argentina, y su muerte se convierte, además,
en un legado literario. El padre que le entrega la posta al hijo para que
continúe su obra, el hijo que transforma una obra difícil en una novela
sencilla, clara y honesta, que no disfraza ninguna emoción con literatura.
Tampoco es cualquier agonía la que
recorremos junto al libro: es una agonía dramática, de alguien que se propone
firmemente la autodestrucción alcohólica y no ceja en su empeño. “Es lo que yo
llamo el derrumbe”, dice el narrador, tratando de encontrar forma en ese largo
suicidio, esa dejadez en la que el padre se interna suave y prolongadamente
para morir, signo de una perimida tradición beatnick que el hijo desprecia: la
borrachera “simpática” de aquellos años locos.
La enfermedad revierte las
relaciones: convierte al padre en el hijo desválido, al hijo en el padre sobre
el que pesa la gravitación de la muerte. Si La
carta al padre de Kafka consistía en un brillante y minucioso reproche, y
lo mismo la novela de Auster, en ésta no hay nada más que amor y ternura por el
padre que se va.
Pero la paternidad aquí no lo es
sólo por una contingencia biológica: también es paternidad literaria. A su
cargo queda la iniación del narrador en ese aspecto, a quien a los diez años le
lee el cuento “Los dos reyes y los dos laberintos”, de Borges. Hay algo de
fatalidad en esa escena: la del hijo que recibe la “condena” literaria; la del
padre que entrega su amor como el objeto más preciado. Inútil la resistencia a
continuar un camino preestablecido, la literatura terminará buscando al hijo y
siendo parte de su vida. Como también el instrumento con el que el hijo
pretende analizar la muerte de su padre, su vocación literaria, la relación que
los unía. En este sentido, el apellido es una carga que el hijo lleva como
ajena: cada vez que le dicen Libertella piensa en el otro, como si se hubieran
equivocado de persona.
Primer profesor de literatura, el
padre es también el primer crítico, al que hijo somete en sus textos más
jóvenes. La edad del padre al publicar (23 años) corre al hijo como un monstruo
en un pasillo: a la edad en que el padre estaba ganando su primer concurso, el
hijo está escribiendo su primer relato, que paradójicamente tiene a la muerte
del padre como protagonista.
Mi
libro enterrado es una novela íntima, casi una carta que leemos sobre el
hombro. También una narración plagada de hermosas imágenes que se graban a
fuego en la memoria. Hay una especial, por su gracia y su sensibilidad: el hijo
visita al padre en su departamento de escritor, y el padre le prepara para dormir una cama hecha de hojas
abolladas, los restos diurnos de su trabajo corrección. En esa imagen se cifra
la delicada belleza de esta primera novela.
21 jun 2013
Manual ilustrado para entender
a Estados Unidos
(Publicado el jueves 20 en ciudad x)
Muchos fueron los
que intentaron definir a Norteamérica, y muchas las novelas que intentaban
decirlo todo sobre ese desmesurado país yconstituirse de una vez y para siempre
en la “gran novela americana”. En 1973, Kurt Vonnegut, que ya era un escritor
consumado y había cosechado el éxito de la impresionante Matadero 5, hizo la prueba una vez más.
El resultado es
un libro lleno de violencia, consumismo desenfrenado, humor delirante y locura:
un espejo para el país de la época y, por qué no, para el actual.
Esta nueva
edición de ese clásico (con tapas una vez más de Liniers) comienza con un
prólogo donde el autor declara: “Este libro es el regalo que me hago a mí mísmo
al cumplir cincuenta años”.
En un gran sentido es, entonces, un libro íntimo,
casi un capricho de un viejo zorro que más sabe por viejo. Encontramos
nuevamente esa maravillosa voz a la que Vonnegut nos tiene acostumbrados,
telegráfica y excesiva a la vez, que vuelve con un sentido musical de la prosa
a los mismos ejes, como si Vonnegut cantara en vez de escribir, o como si sus
novelas fueran largos poemas con leitmotivs intercalados que regresan la acción
al comienzo.
Un escritor de ciencia ficción llamado Kilgore
Trout, que ya habíamos conocido en Matadero
5, se encuentra con Dwayne Hoover, multimillonario loco: ese es todo el
argumento de la novela, que narra con minuciosidad los momentos anteriores a la
cita, desde una mirada múltiple, de mosca, que se regodea en los detalles (hay
una lista por ejemplo de las medidas del pene de todos sus personajes,
incluyendo a un violador) sin perder de vista el Todo, el gran ruido de fondo
de la sociedad norteamericana.
Pero los personajes y el encuentro son nada más que
una excusa para elaborar esta especie de tratado delirante, mezcla de ensayo,
autobiografía y novela que es el libro. Como si tuviera que explicarle la
realidad a un niño o un extraterrestre, Vonnegut se regodea en insertar dibujos
de su propia mano para ilustrar nuevamente los conceptos más sencillos: un
cordero, una vaca, un revolver calibre 38, incluso un ano.
Alter ego del autor, Kilgore Trout es un escritor
viejo y fracasado que ha publicado más de doscientas novelas y miles de cuentos
en revistas baratas, pornográficas en su mayoría, y otro de los elementos que
se repiten en la novela son los argumentos de sus cuentos y novela, quizás
superiores a la propia ejecución. Todos repiten esa interpretación oblicua y
metafórica de la realidad que es la ciencia ficción, tratando de congelar en un
instante el Leviatán de Norteamérica: un planeta habitado por automóviles que
se reproducen con huevos, la carta de Dios a la única persona con libre
albredío, una isla donde todo el espacio estaba en manos de unos pocos y los
demás debían vivir colgados de globos.
En la otra esquina, el millonario excéntrico, a
punto de enloquecer y cometer una tontería con un revolver calibre 38. Su
esposa se ha suicidado tomando un raro veneno, su hijo es un homosexual que
toca el piano por dinero. Es, de alguna forma, el reverso perfecto de Kilgore
Trout, su contracara, pero donde otros pondrían un villano frío y calculador
Vonnegut pinta a su personaje como un viejo loco que se acuesta a jugar con su
perro. Todos sus personajes tienen su redención, que no se consigue a través de
un acto heroico sino de la mirada del narrador, que los comprende y a su modo
los ama.
Vonnegut, junto a Don DeLillo y Thomas Pynchon, es
el escritor profeta de un gran país enloquecido. Su tarea, la de gritar en las
peatonales con un cartel en el pecho, es siempre insuficiente y siempre
necesaria. Una de esos estrellas que aparecen una vez cada cien años y dejan
una marca en el imaginario, incluso quizás en los de aquellos que nunca se
permitieron el placer de leerlo.
20 jun 2013
4 jun 2013
El futuro llegó hace rato
En
su genial Mientras escribo, Stephen
King cuenta que muchas de sus obras provienen de una pregunta en condicional:
¿Y si...? Salem`s Lot, por ejemplo, traducido al español como La hora del vampiro, proviene de la
pregunta ¿Y si unos vampiros invadieran un pueblito de Nueva Inglaterra? Lo
mismo se le puede adjudicar a muchas de sus obras: provienen de una
posibilidad, que termina siendo la columna vertebral de la novela.
En
Los cuerpos del verano, la primera
novela de Martín Felipe Castagnet, galardonada con un Premio la Joven
Literatura organizado en Francia, el método es el mismo. ¿Y si los muertos
pudieran volver con otro cuerpo?, es la pregunta que conforma su columna
vertebral, y a la vez la punta del ovillo para desenrollar la trama.
La
misma, por otro lado, es simple: un hombre llamado Rama vuelve a existir en el
cuerpo de una mujer. Vuelve después de muchos años, con sus hijos y nietos ya
viejos, y algunas cuentas pendientes de su vida anterior. Esto le permite al
narrador desarrollar gradualmente un mundo, un universo propio y distópico que
–como toda la ciencia ficción contemporánea- algo le debe a James Ballard y a
Kurt Vonnegut y al Dios Tutelar Pilliph K. Dick, sin ceñirse estrechamente a
ninguno de ellos, porque es una novela con estilo propio. Además, logra lo que
pocos autores del género: que su ficción suene “argentina”, sin la necesidad de
que sus personajes escuchen tangos o tomen mates o se engullan un bife de
chorizo.
Asistimos
al monólogo cansado y escéptico del protagonista, que tiene que aprender a
vivir con “un cuerpo gordo de mujer que nadie más quiere”, arrastrando una
batería consigo para lograr la subsistencia. El lenguaje de la novela es claro
y no incurre en la literatura: es decir, en la artificiosidad, en la “belleza”
deliberada.
Como toda excelente novela de
ciencia ficción, Los cuerpos del verano
trasciende la cuestión científica para preocuparse por dilemas relacionados a
cuestiones más centrales, incluso (¿puedo usar esta palabra?) universales.
En
este sentido, el epígrafe de Stephen Hawking (“No hay cielo ni vida después de
la muerte para las computadoras obsoletas; ese es un cuento de hadas para la
gente que le teme a la oscuridad”) resume muy bien una de las preocupaciones
centrales de la novela: la preocupación por la identidad. ¿Somos nuestro
cuerpo? ¿Puede equipararse el cuerpo a una máquina? ¿Qué es eso que queda
“flotando” en la web luego de la muerte? ¿Se encuentran la consciencia o la
mente en algún lugar determinado de nuestro cuerpo?
Pero
el tema no se acota allí. La novela de Castagnet desenreda su ovillo en muchas
direcciones. Doy tres ejemplos: el protagonista es más joven que su hijo Teo,
que está arruinado por la ancianidad y a la manera de ciertos personajes de
Beckett es pura voz defectuosa. Hay traficantes de órganos en las villas
miseria capaces de vender un riñón a precio módico. Existen los “miembros
fantasmas”, en el caso del protagonista un literal miembro viril que se
despierta erecto (pero que no está más ahí).
Como
se ve, la novela mira al futuro con un ojo en el presente. Lo cierto es que
vivimos en el futuro, que si bien dista mucho de las representaciones robóticas
de los años 50, no por eso deja de ser aterrador. Es posible leer la novela
como una gran metáfora de la web, de nuestras identidades que “flotan” en el
hiperespacio, incluso de la figura del fake: la identidad falsa, el usurpador
de identidad.
Hace poco se dio a conocer
Avatar 2045, un proyecto para trasladar la consciencia humana primero a robots
y después a hologramas capaces de vivir para siempre. Las viejas concepciones
de cuerpo, de identidad e incluso de religión podrían ser subvertidas. Sus
mentores planean incluso formar un partido político: Revolución 2045. Lo que
plantea Los cuerpos del verano no es
el futuro: es el aquí y ahora.
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