28 mar 2013


Apuntes sobre el Filba (publicado hoy en Ciudad X)


Treinta y tres escritores. ¿Qué hacen treinta y tres escritores en un hotel santafesino? Comen, duermen, fuman, charlan, bajan al restorán a usar la laptop, se despiertan temprano y despeinados para desayunar, intercambian libros y proyectos editoriales, pasean por la ciudad, hablan por teléfono y se sacan fotos, algunos incluso escriben. El motivo de tanto despliegue es la segunda edición del Filba Nacional, festival itinerante de literatura organizado por la Fundación Filba y la librería Eterna Cadencia. Esta vez la sede se traslada a la patria chica de Juan José Saer. Y ahí estoy yo, con mi vieja y pesada computadora y mi vieja y pesada mochila.

Un cholulo literario. El Hotel se llama España, y su comedor, de techos altos, grandes columnas y serviciales mozos de estricto bigote evidencian su pasado esplendor. Al llegar me encuentro a Hebe Uhart, sentadita en uno de los sillones del hall. Le pregunto si está por ir a la conferencia de las seis y media y se produce un diálogo confuso: Yo soy Hebe Uhart, me dice. Sí, ya sé, le digo. ¿Vos quién sos?. Lamberti, le digo. Ah, dice, pero se nota que no me tiene. En el ascensor casi choco con Aníbal Jarkowski. Vos sos Jarkowski, le digo. Él sonríe sin responder. La situación es esa, entonces. De vista o de haberlos leído, yo los conozco a todos. Soy un cholulo literario. Nadie me conoce a mí. ¿Por qué habrían de conocerme? Dejo mis bolsos, pruebo la conexión a internet (es malísima allá arriba) y cuando vuelvo a bajar, Hebe Uhart sigue sentada en el mismo sillón. Tenemos una desopilante conversación sobre el Papa (Tanta humildad, tanta humildad, no le creo, dice ella) y después llega Claudia Piñeiro, alta y con calzas, y hablan con Hebe del clima y la ropa. Quisiera decirle que Tuya, es una gran novela, y que Las viudas de los jueves no está nada mal a pesar de haber sido premio Clarín, pero esas cosas no se dicen, hay cierto decoro y ciertos temas prohibidos, así que me callo.

Los escritores se la saben todas. La conferencia inaugural de Hebe Uhart es sencillamente impecable. Con su tono de amable ancianita, da una clase magistral de escritura. Para jóvenes, dice, porque los escritores se la saben todas. Habla de cómo escribir, de qué elegir como material. Dice que los escritores que le ponen buenos nombres a sus personajes le dan buena espina. Se ríe, nos hace reír. Después la veremos en todos los paneles, con un libro o un bolsito, levantando la mano para hacer preguntas. 

Ludopatía. Un fantasma recorre el festival en esos cuatro días: el fantasma de Juan José Saer. La ciudad, escenario de algunas de sus grandes novelas, nos regala una humedad y un calor opresivos, propios de su poética. En la programación del festival hay una intervención urbana que lleva su nombre, la proyección de “Cicatrices”, y varias mesas que lo tienen como protagonista. Se dice que era una buena persona, que amaba más el punto y banca que a la literatura, que cuando se fue a vivir a París estaba prácticamente en bancarrota. Un conocido del hijo (Jerónimo Saer, músico) me cuenta que su padre lo llevó a ver Súperman varias veces al cine. La calle de Glosa es paralela a la del Hotel España. Voy a recorrerla y me decepciona un poco: no la había imaginado así. Es en rigor una peatonal, estrecha y llena de negocios. Pero como son las tres de la tarde, los negocios están todos cerrados.


Tensiones regionales. A pesar de su apego por la siesta, Santa Fe consta de una tradición y un buen número de escritores que producen y editan. Me encuentro a Fernando Callero, que lleva adelante la editorial Diatriba, a Francisco Bitar, que acaba de publicar la novela Tambor de arranque luego de varios libros de poesía. A Analía Giordano y a Carina Radilov, escritoras casi secretas oriundas de Sunchales. Llegamos a la conclusión de a Saer que es imposible leerlo después de los veinticinco años: se vuelve aburrido.¿No es hermosa la literatura, que nos llena de amigos? Los escritores nos vivimos quejando pero cada tanto me doy cuenta de que vale la pena.

Stand up. Una de las actividades extra del festival es un recital poético “en stereo”, a cargo de Diego Arbit y Sagrado Sebakis. “Qué bueno que te guste Bukowski”, se llama, y es una lectura original y divertida, que no se preocupa en parecer literaria. Cuando termina le digo a Sebakis que debería hacer stand up. Pero parece estar blindado para esa observación y se despacha con una explicación de media hora acerca de porqué no. Dice que los que hacen buen stand up son, precisamente, los que no hacen stand up, sino otra cosa.

El cronista en blanco. Una de las buenas ideas del festival es cronicar la ciudad en sus puntos significativos. Para eso se les encarga a seis de los participantes la escritura de una bitácora del Filba. A Selva Almada y un servidor nos toca charlar con una de las víctimas de la inundación del 2003. Fácil, me digo, pero cuando llego al hotel no sé cómo empezar. No es la primera vez que tengo un bloqueo, pero hay fecha de entrega y todos esos escritores importantes van a estar sentados en el público. Estoy en calzoncillos, con un calor infernal y una resistencia infantil a prender el aire, tomando mates y fumando como loco, y no me sale nada.

Milanesa con papas fritas. Al final algo sale, que de entrada no me gusta y corregiría cien veces. Leemos en uno de los imponentes y hermosos centros culturales de la gestión socialista. Después el festival se termina y sus organizadores suspiran, cansados. Saludo a mis amigos, recibo una pila de libros de regalo, voy a tomar una cerveza con ellos antes de abordar el colectivo. Por una serie de contigencias que me tienen como culpable, termino comiendo en el colectivo, a oscuras, una milanesa con papas fritas. Como no tengo cubiertos corto la milanesa con las manos y me llevo los pedazos a la boca.



19 mar 2013


11 mar 2013


Un año sin amor (publicado en Ciudad X, hace un tiempo)


Chik lit, según Wikipedia: “género dentro de la novela romántica, que actualmente está en auge, escrito y dirigido para mujeres jóvenes, especialmente solteras, que trabajan y están entre los veinte y los treinta años”.
Ejemplos cinematográficos: El diario de Bridget Jones y Sex and the city en sus dos formatos, serie y película. En Argentina, el género tuvo su colección hace unos años con novelas como Te pido un taxi, escrita a cuatro manos por Mercedes Halfon y Fernanda Nicolini, o Tenemos que hablar, de Celia Dosio, ambas publicadas por Sudamericana. En todos los casos se repite el mismo procedimiento: mujeres al borde de un ataque de nervios sufriendo sinceramente por amor.
Kiki 2, de Cuqui podría encuadrarse dentro de esas reglas, pero mostrando su lado más oscuro, más cercano al best seller Cien cepilladas antes de dormir, de Melissa Panarello. Después de su lectura, y como con la mayoría de las obras de Cuqui (autora de más de diez libros, entre poesía y narrativa) surge varias preguntas: ¿Qué es esto? ¿Una novela? ¿Una performance? ¿Un diario sexual? ¿O todo eso mezclado y regurgitado?
Si el género reivindica en algunas de sus formas la superficialidad y el sexo sin compromiso, Kiki 2  plantea todo lo contrario: su protagonista busca amor, busca novio, busca alguien que no sea sólo un cuerpo. Mientras tanto, los cuerpos desfilan uno tras otro, se los describe sin piedad: sus medidas, sus formas de hacer el amor, sus genitales, sus excusas infantiles y su invariable estupidez.
Kiki 2 es la segunda parte de Kiki (2008- Huacala Capirote). En la primera, la protagonista (y la autora) habían dejado papelitos en Ciudad Universitaria, invitando a tener sexo, con su número de teléfono. Los mensajes no tardaron en llegar y los encuentros sexuales fueron variados y descriptos con lucidez, humor y minuciosidad. Como gran parte de la buena literatura, el libro pasó desapercibido.
En el comienzo de esta segunda edición, la protagonista pone un aviso en una página de escorts: de ahí provienen algunos de sus ejemplares humanos (otros continúan de la primera parte). A todos se les pone condiciones: deben llevar tres películas de terror, las relaciones tendrán lugar con ese trasfondo gótico.
Con varios registros (la voz de la narradora, los mensajes telefónicos y los emails) el libro da cuenta de esos encuentros durante un lapso de seis meses. A veces son buenos, la mayoría del tiempo muy malos. En el medio desfilan las obsesiones de Cuqui: fragmentos de la obra de Jodorowsky, sueños eróticos con Messi, el tarot, la lectura de la revista Vogue y la omnipresente figura de Madonna, ideal de potencia humana y artística.
            Con una voz narrativa ágil, inocente e irónica por parte iguales, Kiki 2 muestra el sexo en su dimensión lúdica y profundamente humana. La protagonista quiere alguien con quien dormir, pero no un matrimonio o hijos. Los hombres que describe son, en partes iguales ridículos, egoístas y lujuriosos. Como casi todos: el único que se salva es un extranjero que la trata con amabilidad.
            En sintonía con la avidez por lo “verdadero” de los realities y la televisión, el libro no se ocupa en disfrazar de literatura sus anotaciones. No hay golpes de efecto, recursos tradicionales ni una trama en el viejo sentido de la palabra, no hay principio ni fin, sino un trozo de vida puesto a consideración. En este sentido, Kiki 2 reclama un lector curioso y participativo, que espíe por la cerradura esa habitación donde todo puede suceder. 
Martes 9 de abril a las 18 hs., comienza el taller de escritura creativa en el MuMu.


8 mar 2013

13 dic 2012

Mi columna en el blog de Eterna Cadencia: El libro del año

22 nov 2012


Duérme, gato, en la copa del árbol (Publicado hoy en Ciudad X)


La regla número seis de los ocho puntos de Kurt Vonnegut para escribir ficción dice:
“Sé sádico. No importa cuán dulces e inocentes sean tus protagonistas, haz que les pasen cosas horribles (para que el lector compruebe de qué madera están hechos)”.
La obra de Vonnegut es un claro ejemplo de esa regla. Sus personajes, a la manera de Job, deben atravesar el infierno para aprender algo sobre sí mísmos. Hay un video en youtube donde lo explica didácticamente a un público invisible. “La forma de las historias”, se titula, y consiste en un gráfico con dos extremos, en el superior está la buena fortuna y en el inferior la mala: el personaje parte de un punto medio, desciende en una peligrosa curva y vuelve a subir. The end.
El chiste de esa simplificación no deja de ser una gran verdad, por lo menos en sus novelas. Billy Pilgrim y el bombardeo de Dresde, Winston Niles Rumfoord y una deformación del espacio donde están todos los espacios y tiempos posibles, Deadeye Dick y la culpa, el periodista narrador de Cuna de Gato y un país bolivariano y delirante. Todos atraviesan el infierno y salen golpeados y sabios.
La vida de Vonnegut es también un ejemplo de esa regla. Hijo de padres alemanes, nace en 1922, en Indiana. En 1945 se alista en el ejército, y poco antes de partir a la Segunda Guerra su madre se suicida con una sobredosis de somníferos. En el campo de batalla pierde a su batallón y vaga días enteros en soledad. Poco después es apresado por alemanes y vive en carne propia el bombardeo de Dresde, uno de los más grandes y destructivos de la historia. Los alemanes lo obligan a trabajar en uno de los sótanos destinados a empaquetar carne. El nombre del sótano es el mismo de uno de sus mejores libros (también uno de los más vendidos): Matadero Cinco. Muere en el 2007, en un accidente doméstico y de un modo tan ridículo que me imagino debe haberle causado gracia en su propio viaje al infierno de los humoristas.
Kurt Vonnegut era un gran humorista, pero con el filo suficiente para mantenerse lejos de la corrección política. ¿Qué más era? ¿Un escritor realista capaz de leer el espíritu cetáceo de los Estados Unidos? ¿Un hippie de la contracultura de los 60? ¿Un escritor político? ¿Un autor de ciencia ficción? Las categorías caen por la singuralidad de su obra, que se mueve con soltura en distintos registros y géneros sin apegarse a ninguno. Vonnegut es todo eso y más, el mejor ejemplo de que las formas deben estar al servicio del escritor. Su estilo es inimitable (pero imitado muchas veces),  de escenas cortas y contundentes, periodístico y profundamente literario, económico y explosivo, ligero como un pajarito y denso como una piedra.
            ¿Qué más? Vonnegut es, a esta altura, una figura más en el extenso panteón del pop norteamericano. Un pacifista, un librepensador, un comentarista irónico de los densos modos de vida de su país, un caricaturista, un loco, un visionario. Matadero Cinco no fue sólo un bestseller sino un libro fetiche que según las leyendas estaba en el bolsillo de los soldados de Vietnam, junto a una edición de El Guardián entre el Centeno, de Salinger.
            A Vonnegut se lo comparó con muchos, pero quizás el escritor que más se le parezca sea Jonathan Swift. En Una modesta proposición, publicada en Dublín en 1729, Swift sugería comerse a los chicos pobres como forma de solucionar el problema del hambre en Irlanda: algo que bien se le puede haber ocurrido a uno de los personajes estrafalarios, dementes, terribles y espontáneos que pueblan las páginas de los libros de Vonnegut. Como Roland Weary, el gordito aficionado a la tortura de Matadero 5, o el Felix Hoenikker de Cuna de gato, padre ficticio de la bomba de Hiroshima.
            Cuna de gato es una de sus mejores novelas, y acaba de ser editada por La Bestia Equilátera, que en el 2013 planea sacar Desayuno de Campeones. La tapa es amarilla y tiene un dibujo de Liniers donde al viejo Kurt le sale un hongo atómico de la cabeza. La excelente traducción está a cargo de Carlos Gardini, uno de los contados escritores de ciencia ficción argentinos que también tradujo a Ballard y Asimov.
La novela arranca con un guiño a Moby Dick y a la biblia (“Pueden ustedes llamarme Jonás”) y termina con un posible fin del mundo y una declaración casi programática: “Si fuera más joven, escribiría una historia de la estupidez humana”.
En su interior conviven una trama principal y decenas de tramas secundarios, con personajes que asoman la cabeza y dicen algo siempre revelador y vuelven a desaparecer. Como en todos sus libros, Vonnegut es un boxeador paciente que golpea con insistencia los mismos lugares una y otra vez hasta que ve asomar sangre.
Jonás, o Jhon, el protagonista, escribe un libro llamado El día en que terminó el mundo, sobre qué estaban haciendo ciertas personas el día en que estalló la bomba de Hiroshima. Para esto contacta a Newt Hoenikker, hijo de Félix, el científico que diseñó la bomba. El itineario lo lleva entre otras cosas a: 1. Viajar a San Lorenzo, republiqueta sudamericana gobernada por un presidente déspota de nombre “Papá”; 2. Conocer y convertirse al bokonismo, religión telúrica mezcla de budismo y de hinduísmo y de muchas cosas más que adora “solamente al hombre”. 3. Ser nombrado presidente de la republiqueta sudamericana.
Buena fortuna, mala fortuna. De eso parece tratarse todo, todo el tiempo.
            Dos disciplinas combaten abiertamente en la novela: ciencia y religión. O parecen combatir, porque en realidad son caras de una misma moneda que no tiene caras: la ilusión del hombre por su propia seguridad.
Hoenikker, el poco faústico representante de la ciencia, es casi un inocente científico distraído al que su hija tiene que anudarle la corbata. “Hoy estoy aquí ante ustedes porque nunca perdí la mirada de asombro de un niño de ocho años que va a la escuela en una mañana de primavera”, dice en el discurso de aceptación del premio Nobel. Un hombre que vive en la luz del pensamiento abstracto, y cuyos monstruosos hijos son sus tentáculos. Al morir, les deja a éstos el Hielo 9, de su propia autoría, una sustancia química capaz de transformar en hielo cualquier materia a menos de 45 grados que se ponga a su alcance.  En la república ficticia el narrador oye hablar del bokonismo, religión delirante pero también verdadera, que comienza su biblia anunciando que todo es mentira. Los personajes de Cuna de Gato acaban como marionetas de esas ilusiones, presas del ridículo y mostrando a la vez el Gran Ridículo General.
La cuna de gato es un figura que se arma con hilos entrelazados en los dedos. Newt, el hijo de Hoenikker, escribe una carta contando que la única vez que vio jugar a su padre fue haciendo una cuna de gato y luego cantándole: “Duérmete gato en la copa del árbol”. En el centro de muchas novelas de Vonnegut hay una rima o una canción infantil, que condensa el absurdo en el que sus personajes palpan el aire como ciegos.
            

31 oct 2012


26 oct 2012

Aventuras de un narrador de provincia, nueva serie en el blog de EC

8 oct 2012


Estrellas distantes: imaginación y técnica en las cercanías de Córdoba. 
Por Marcelo D. Díaz.





Yo vi el fin de los tiempos
ahí venía dios
el cometa en el ojo de la noche.
Podría haber muerto ahí
y no haber fallado
el resto de la vida.
Corría
por el camino a Tres Lomas
donde mi padre me llevó a ver el cometa Halley
su oscura profecía
de nada eterna.

Tenía seis años
cuando estuve en la noche de mi muerte
y sobreviví

Leticia Ressia.


   La primera pregunta que surge al momento de pensar el género s.f dentro de específicas coordenadas espaciales y temporales es cómo seleccionar textos literarios que puedan ser leídos desde esta matriz. Cómo o sino: por qué estos textos y no otros.  No tengo una respuesta  a mano. En cambio se me aparece la historia del ladrón que contaba mi profesor de teoría literaria en la Universidad: el ladrón muchas veces naturaliza el robo y los actos criminales e interpreta la realidad con sus propias gafas de forma tal que siempre está convencido de que robar es lo más natural del mundo y de que todos los miembros de la sociedad de una u otra manera también somos ladrones.
    Asumo de primeras que la ciencia ficción presenta una serie de convenciones (en cuanto a temas y modos del decir) de lectura y escritura que se repiten a lo largo del tiempo. Y asumo además que existe un campo literario (que no es autónomo  del campo de la literatura argentina contemporánea sino que forma parte del mismo) y que puede ser denominado “cordobés” en cuanto implica un circuito acotado a los márgenes de la provincia, no por una cuestión lingüística, de variaciones y alteraciones de la lengua sino más bien por el surgimiento de autores que ejercitan el género seguido del surgimiento de editoriales que nacen en el corazón de nuestra provincia argentina y en el interior de su geografía.    Pienso que en el camino, a la hora de analizar el problema de la identidad, restan discusiones acerca de si existe una literatura cordobesa. Dos antologías de la década pasada “Es lo que hay” (Editorial Babel.2009) y “Diez bajistas” (EDUVIM. 2009) constituyen un ejemplo de discusiones que atravesaron los últimos 6 años.
   La noción de campo literario implica que hay un juego de fuerzas en el mundo de la literatura como en el mundo de la física. Los autores de los que no se habla hoy puede que mañana sean nombres con mayúsculas para nuestras letras. O, a la inversa, autores conocidos en el presente pueden desaparecer con el paso de los años.  Las posiciones son relativamente estables en la medida de que se transforman de acuerdo a las tensiones y conflictos sobre el capital simbólico o para decirlo en fácil: el prestigio. Lo que sigue a continuación es una aproximación que no pretende agotar las interpretaciones que se realicen porque hablo desde corazonadas como un lector o un fan de la s.f.  Proponer el término de campo implica retomar discusiones acerca de si existen tradiciones literarias, comunidades, identidades que permitan hablar de una literatura cordobesa. Pero esa discusión, si bien es importante,  no será motivo por ahora. 
 Me llama la atención que si se realiza un monitoreo a partir de los últimos diez años de producción literaria en Córdoba aparecen textos que pueden ser leídos desde la s.f. Eso considerando que cada texto genera su propio horizonte de sentidos y que es el lector quién construye interpretaciones desde su propia óptica respetando en lo posible el mapa de ruta de los textos. Se pueden mencionar un conjunto de narraciones que estarían en condiciones de formar parte de un corpus literario de s.f de jóvenes narradores cordobeses: “El testaferro de los marcianos.”(Editorial Llanto del Mudo. 2007) de Fernando Montes de Oca narra los arreglos políticos entre un Municipio de la localidad de Córdoba y extraterrestres para permitir la extracción de recursos de un cerro y la construcción de una ciudad alienígena subterránea. “Hadrones” (Editorial Recovecos.2009) de Diego Vigna: un relato que recupera la activación del acelerador de partículas –conocido como la Máquina de Díos-  y lo transforma en el marco para una historia familiar bastante especial.  En este caso me recuerda la definición de literatura, y de obra de arte, propuesta por Umberto Eco de metáfora epistemológica, es decir, una manera más o menos ambigua de representarnos el modo en que funciona la ciencia y la técnica. Es importante porque el relato “Hadrones” que le da título al conjunto de cuentos me remite, en mi biblioteca personal, a textos como los de Michel Houllebec (Partículas elementales) o Saul Below (Herzog). Si bien no se trata de una narración de s.f en un sentido estricto ya que no hay naves espaciales, ucronías, distopías o robots, la ciencia y la técnica aparecen como telón de fondo. Es discutible su inclusión. Como decía mi profesor de teoría literaria, mediante una paráfrasis de Saer, se habla de X para contar Y.
También este mismo año apareció el libro de relatos “El loro que podía adivinar el futuro.”(Editorial Nudista. 2012) de Luciano Lamberti. Un libro en el que se conservan varios elementos del género como portales dimensionales o criaturas sobrehumanas. El relato “Algunas notas sobre el país de los gigantes”, un relato genial por cierto, me despierta de lleno la lectura de “El gigante ahogado” de Ballard y pienso que bien se podrían abordar juntos en clases y talleres de literatura.  Aparece una tradición border, por atribuirle un nombre, de géneros literarios que remiten no sólo a la s.f sino también al terror o al gore como en “Perfectos accidentes ridículos”, relato con imágenes muy fuertes sumado a la intriga y la tensión de “La canción que cantábamos todos los días”. No sé si se ha practicado mucho la escritura en nuestro país en relación a estas tradiciones apenas si se me ocurren nombres aislados como los de Elvio Gandolfo o Charlie Feiling, el primero más que nada por sus aportes teóricos y el segundo por su novela “El mal menor”.  De ahí también el mérito de los textos, o sea: de reunir en un mismo espacio tradiciones que no han sido muy tenidas en cuenta por nuestra literatura nacional.
 “Cielos de Córdoba” de Federico Falco (Nudista.2011) es una narración que de ser abordada desde la categoría de géneros literarios podría ingresar también en el de relato de aprendizaje o relato de iniciación. La estructura narrativa se resuelve en la vivencia de un padre con su hijo. El padre es  ufólogo. La madre está en el hospital. Lo que aprende el niño, nuestro personaje principal, lo hace entre su despertar sexual y esa inconografía de Science fiction que circula en las sierras de córdoba. En un momento se produce un avistamiento: un ovni se hace presente a la vista de la pequeña familia.
  En el texto se integran saberes de la experiencia personal e interior con representaciones que en los años 70 eran parte de fijaciones de creencias muy fuertes. Por ejemplo: Erich von Däniken publica Recuerdos del futuro y ya circula la idea sobre posibilidad de que somos descendientes de seres extraterrestres. Pablo Cappana le dedica algunos artículos en la revista El Péndulo a estas ideas. De manera casi simultánea aparece el cuento “Fulgor” en el que Falco explora las condiciones o instancias de producción de la escritura misma, con un personaje que escribe desde su experiencia con seres suprasensibles.
En el relato Can Solar (homónimo del conjunto de cuentos de la editorial 17 Grises) Carlos Godoy narra de manera enigmática un avistamiento. Un relato que puede ser leído dentro de los límites de los relatos de iniciación y que activa representaciones sobre el imaginario OVNI en el centro de la ruralidad.
En Internet circulan una serie de narraciones distópicas, en formato de crónica, bajo el nombre de letra muerta. La re-creación de una Córdoba pos-apocalíptica me remite de nuevo a una constelación de temáticas que aparecen en los tiempos que corren como es la recursiva idea del fin del mundo o de la figura del zombie. No es un hecho aislado si se tienen en cuenta las lecturas y los textos de Javier Eduardo Rammaciotti o si tenemos presente también ensayos (a a nivel nacional) como “El mito zombi en el horizonte de los post.humano” de Jazmín Acosta que forman parte de la antología realizada por Fondo de Cultura Económica para todos los pueblos hispanohablantes. El zombie como metáfora de lo monstruosa que puede llegar a ser la ciencia. Junto con la bitácora o cuaderno de lectura de Martín Cristal en su blog http://elpezvolador.wordpress.com/, en la que registra sus lecturas del género de s.f, aparecen ejemplos de cómo se filtra de a poco el género en nuestros márgenes.
Para Daniel Link la Literatura resulta ser un perceptrón, es decir: “una poderosa máquina que procesa percepciones o fabrica perceptos (…) que permitiría analizar el modo en que una sociedad, en un momento determinado, se imagina a sí misma”   La literatura en general y el género s.f en particular construyen representaciones relacionadas con el imaginario de una comunidad específica. Y la proliferación de relatos emparentados me lleva a preguntarme qué es lo que está presente en la imaginación, de manera residual quizá, de algunos escritores de mi generación.
Varios de los textos mencionados bordean los límites del género y lo actualizan a partir del diálogo con otras convenciones de lectura y escritura como es el relato de aprendizaje o el terror o lo que venga. Quería escribir sobre esto, aunque sea brevemente, porque me atravesó la cantidad de producciones que emergieron en simultáneo. Elaboré (o quise elaborar) una suerte de cartografía sobre el género dentro de esa invención que es el campo literario cordobés.
La ciencia ficción es un género que restringe interpretaciones o lecturas desde los límites de la razón y de la técnica, como quería Isaac Asimov, los relatos de s.f con el cuento de hadas de la modernidad. Y vuelvo a lo que decía al comienzo, la historia del ladrón como analogía con respecto al modo en que leemos. Tal vez, y espero que no me suceda con frecuencia, el contacto seguido con el pulp y estas zonas de la literatura me lleven a creer que muchas novedades que se escriben actualmente pueden ser considerada dentro de los límites de la ciencia ficción. Au Revoir.-



5 oct 2012

in the flesh

Durante un par de meses estuve escribiendo una serie de textos sobre carne y literatura en el blog de eterna cadencia. Acá los dejo por si alguien quiere husmear:

Sobre el cordero de Saer: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24045

Sobre caníbales: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24372

Sobre sexo en la lit. argentina: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/24755

Sobre vacas: http://blog.eternacadencia.com.ar/archives/2012/25430

1 oct 2012


Vuelven los ovnis


 Por Damian Huergo
Desde hace unos pocos años, la literatura argentina experimenta un saludable regreso al género. Vuelven a deambular zombies, a brillar ovnis, a atravesarse portales. Se puede pensar esta etapa como una especie de retromanía, tal como la llama Simon Rynolds. A la vez, en el mismo tono, una mirada sociológica puede achacarla a los años de educación sentimental de las nuevas generaciones, allá en los ‘90, donde el consumo cultural –-desde el arco que va del rock chabón a los Expedientes X– fue un refugio de socialización para los jóvenes hiperescolarizados. Los seis relatos que integran El loro que podía adivinar el futuro, de Luciano Lamberti, deben ser leídos en esa clave. A poco de andar, el lector se cruzará con un oso existencialista, un loro fáustico que se apropia de cuerpos ajenos –similar al diablillo Bob de la serie Twin Peaks– y, entre otros, a un hermano de sangre formateado por fuerzas extraplanetarias.
A la manera de Steven Millhauser, Lamberti logra trocar la extrañeza de los episodios en pasajes familiares, sin pulirles rasgos sorpresivos ni restándole tensión al relato. Sucede tanto cuando su pluma apunta hacia lo siniestro como al acercarse a la ciencia ficción alegórica; como ocurre en el evasivo “La vida es buena bajo el mar”. La escritura en la mayoría de los cuentos es fragmentada, veloz y sugestiva. En “Algunas notas sobre el país de los gigantes”, suerte de adaptación libre de ¿Dónde viven los monstruos? de Maurice Sendak, el tono del narrador, irónicamente enciclopédico, tiene la virtud de transmitir al lector la sensación de ser testigo de la construcción de una leyenda.
En términos de género, la excepción es el cuento que abre el libro, “Perfectos accidentes ridículos”, más próximo al realismo crudo de El asesino de chanchos. La versatilidad de Lamberti para cambiar de estilo y no trastabillar en el intento es elogiable. A la vez su obra, como si fuese una muestra de la literatura emergente, sirve para señalar que no hay estilos hegemónicos; dejando al pensamiento único como un resabio paranoico de la –denominada– “segunda década infame”.
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